MIEDO A LA MUERTE

 

Varias causas, o mejor dicho, muchas razones inciden en el miedo y en algunas ocasiones terror del ser humano a la muerte, podemos decir que este miedo es el resultado de una herencia de tiempos remotos, de religiones castradoras y temerarias, de los cultos bárbaros de lo desconocido, de las imágenes recreando el infierno con demonios crueles y seres eternamente en sufrimiento, que diseñaron en el tejido social las impresiones del temor, de las puniciones eternas para las conciencias culpables, etc.

 

Al hombre se le indica desde la niñez que hay un infierno y un cielo, pero que lo más seguro es que vaya al infierno, porque se le dice que aquello que está en la Naturaleza es un pecado mortal para el alma. Cuando llega a adulto, si tiene algún raciocinio no puede admitir eso y se hace ateo o materialista, así es como se le induce a creer que, fuera de la vida presente, nada existe. En cuanto a los que han persistido en sus creencias de la infancia, temen ese fuego eterno que ha de quemarlos sin destruirlos.

 

El hombre carnal[1], más apegado a la vida corporal que a la espiritual, tiene en la tierra penas y goces materiales; su dicha consiste en la satisfacción fugaz de todos sus deseos. Su alma, constantemente preocupada y afectada por las vicisitudes de la vida, está en ansiedad y tormentos perpetuos. La muerte le horroriza, porque duda de su porvenir y porque deja en la tierra todos sus afectos y esperanzas.

 

El hombre moral[2], que se ha sobrepuesto a las necesidades ficticias creadas por las pasiones, tiene goces desconocidos del hombre material. La moderación de sus deseos da a su espíritu calma y serenidad. Dichoso por el bien que hace, no existen desengaños para él, y las contrariedades pasan por su alma sin dejar en ella huella dolorosa.

 

Conforme el yo profundo considere la muerte, al poblarla de incertidumbres, genios del mal, regiones punitivas o aniquilamiento, de esa forma la enfrentará. Vistiendo la muerte de esperanza, de reencuentros felices, de aspiraciones ennoblecidas, de agradable despertar, ocurrirá el milagro de la vida.

 

La muerte no inspira al justo miedo alguno, porque con la fe tiene la certeza del porvenir, la esperanza la hace esperar mejor vida, y la caridad, cuya ley ha practicado, le da seguridad de que en el mundo en que va a entrar no encontrará ningún ser cuya presencia haya de temer.

 

En conclusión, el miedo a la muerte es la consecuencia de la ignorancia de la realidad espiritual y del apego a lo transitorio del mundo físico.

 

Y para concluir, ¿qué hacer para que ese miedo se mitigue o desaparezca? A nuestro modo de ver, es necesario tener la absoluta fe en Dios nuestro padre que nunca nos abandonará porque nos ama con un AMOR inmenso como hijos suyos que somos.

 

 

Carmen

 

e-mail: mamenska@hotmail.com



[1] El concepto de “Hombre carnal” puede entenderse de dos formas. Se puede referir a la naturaleza biológica del hombre, ya que este, desde el punto de vista espírita, es un alma unida a un cuerpo, así pues, su naturaleza podrá ser espiritual, teniendo en cuenta su espíritu, y carnal, en relación con su cuerpo. El otro concepto es más simbólico, y hace referencia a las personas que viven de forma egoísta, materialista, aferradas a las pasiones físicas. La autora, en esta expresión, se refiere a este segundo concepto, que a pesar de ser simbólico, es el que generalmente se usa cuando se emplea esta expresión.

[2] La moral, según la Enciclopedia ESPASA, es, entre otras cosas, lo relativo a las acciones o caracteres de las personas, desde el punto de vista de la bondad o la malicia. De esta forma, se considera una persona con moral, a aquella que actúa de acuerdo con las directrices emocionales del bien, mientras que una persona sería inmoral, al actuar de forma contraria. Mas también, la misma Enciclopedia ofrece otra definición de la palabra moral, referente al “conjunto de facultades del espíritu, por contraposición a lo físico”. Desde este punto de vista, un hombre moral, no solo sería el que vive bajo una dirección ética, sino también aquel que sobrepone lo espiritual a lo físico y así vive. En este último aspecto creemos que se centra la autora al definir al hombre moral.